Buenas tardes a todos. Hoy es un día muy especial para mí, porque hoy acá, en esta que ya es mi patria hace sesenta y cinco años, se conmemora el Día del Holocausto. En el diario Página/12, se publicó esta nota, escrita por Jack Fucks, un escritor, que también como yo, fue llevado a ese infierno que se llamó Auschwitz-Birkenau.
Como él, me pregunto si debe llamarse "liberación" a ese momento cuando los rusos llegaron al campo. Yo no estuve presente, porque como conté, nos habían sacado y nos habían llevado al campo de trabajo de Buna, de la IG Farben, donde estuvimos hasta que los rusos estaban muy cerca y empezamos la Marcha de la Muerte, hacia el Oeste.
Quise escribir este día, para dar gracias por ser uno de los que sobrevivió y porque todavía, a mi edad, estoy vivo y puedo contarlo.
El otro día tuve que ir a que me hicieran la revisión posterior a la operación. El cirujano no me atendió, porque en ese momento estaba operando, pero dejó instrucciones a una de las médicas de su equipo para que me revisara.
¡Boh! Todo bien la operación, y ya me siento cada vez mejor.
Pero la cosa es que tuve que esperar un rato para que me atendiera un miembro del equipo porque había mucha gente y, cuando entré al consultorio, la médica me dijo que había escuchado lo que yo había empezado a contar en el quirófano mientras esperaba la anestesia.
Empezó a hacerme preguntas de mi vida y de esos años de la guerra, y yo empecé a contarle y, cuando nos dimos cuenta, había pasado mucho tiempo y, afuera, la gente debía estar esperando.
¡No lo puedo creer! Cada vez que alguien me pide que le cuente mi vida, yo no puedo parar de hablar y el otro no se cansa de escuchar. Lo mismo me pasó con el libro: todos los que lo leyeron, me dijeron que no pudieron dejarlo hasta terminarlo. Y se emocionaron igual que como se emocionan los que me escriben acá, quienes leen lo que escribo en este rinconcito.
Tal vez sea esa una misión que me fue entregada para que la lleve a cabo: dar testimonio.
Porque los sobrevivientes del Holocausto somos cada vez menos. Me doy cuenta cuando voy a las reuniones. Vamos quedando pocos.
A veces pienso que, como Spielberg, no hay muchos. Parece que nuestro testimonio no le interesa ni a gobiernos, asociaciones, universidades o a la gente dedicada a la cultura y a la educación, ya sean de la comunidad o no.
Por eso mi libro apareció en una editorial pequeña, que todo lo hace con mucho esfuerzo, luchando (como tuve que luchar yo) día a día por sobrevivir, para seguir haciendo conocer a autores que tienen sus obras para publicar, y que no son aceptados por esas grandes casa editoras que solamente publican a los que ya son famosos.
Es increíble cómo todos esos que no hacen nada por preservar nuestro testimonio, después se llenan la boca con palabras en los actos oficiales mientras los que podemos contar lo que vivimos, nos vamos yendo de a uno poco a poco... ¿No es increíble?
En el año 1996, después de una visita de una periodista que me hizo un extenso reportaje –durante el cual también me filmaron–, recibí una carta junto con dos videos, que me envió Steven Spielberg, el director de cine que filmó “La lista de Schindler”. La carta dice así:
SHOAH [1] Survivors of the Shoah Visual History Foundation 20 de Diciembre de 1996 MOTEK FINSTER
Buenos Aires Argentina
Estimado Sr. Finster: Deseo hacerle llegar mi más profundo agradecimiento por haber brindado su testimonio como sobreviviente de la Shoah. De esta manera usted está otorgando a las generaciones venideras la oportunidad de tener un encuentro cercano y personal con la historia. Su entrevista será cuidadosamente preservada como una parte muy importante de la videoteca de testimonios más completa de todos los tiempos. En el futuro lejano todos podrán ver los rostros, oír la voz y conocer la vida de los sobrevivientes de la Shoah, aprendiendo para no olvidar. Le agradezco nuevamente su invalorable contribución, su fortaleza, su integridad y su generosidad. Me despido de usted con un cordial saludo, Steven Spielberg Presidente
Cuando empezó esta entrevista, el 24 de octubre de 1996, la periodista me preguntó: “¿Quién es usted?”. En ese momento no comprendí que el sentido de la pregunta tenía que ver con el valor que tiene la propia identidad para un ser humano. Esta entrevista, que no esperaba y que no había ni siquiera imaginado que podía llevarse a cabo algún día, reavivó en mí un viejo anhelo: poder publicar mis memorias, porque alguna vez, en otro tiempo, hace muchos años, había perdido mi identidad y, junto con ella, mi dignidad y mi condición de miembro de la raza humana. No sé escribir –me han ayudado–, apenas si pude ir al colegio elemental en mi niñez. Pero me lo propuse y aquí, ahora, lo estoy haciendo. Pienso y siento que cada hombre tiene un destino, y no puede escapar a él aunque lo vea venir. Que cada ser humano es un testigo de cosas que pasarán y no podemos hacer nada para que no sucedan, por terribles que sean, quiérase o no. A veces los hombres tenemos la ilusión de que sólo por el hecho de ver venir los acontecimientos y porque nos es permitido vislumbrar un pequeño tramo del destino, podemos cambiarlo. Pero después de tantos años de vida y de tanto que he vivido, he llegado a creer que uno sólo es un testigo de los momentos que se acercan, inexorables, y que hay momentos en los cuales, por más que uno quiera, no puede ayudar a cambiar el curso de las cosas. Así fue como aprendí a aceptar las cosas como son, y quizás en esa actitud mía, esté la solución del enigma de mi azarosa vida desde aquella Varsovia en la que nací hasta el día de hoy aquí, en esta ciudad de Buenos Aires, en este país donde el destino me guió y donde pude encontrar paz y un futuro. Esos caprichos que tiene el destino, me quitaron toda esperanza de futuro que Polonia, la tierra en la que llegué a este mundo. Y junto a mí, también a todos los miembros de mi familia, menos a la mayor de mis hermanas. Peor aún, a ellos también les fue sepultado junto con sus cenizas, que ni siquiera sé adónde están.
"Escudriñad vuestras acciones. Recordad a vuestro Creador:
mirad bien vuestras almas y permitid que
haya un mejoramiento en vuestros actos". Maimónides, Siglo XII
Soy Motek Finster. Nací en Varsovia, Polonia, en 1921. Hoy vivo en la ciudad de Buenos Aires y desde que llegué a la República Argentina pude trabajar, prosperar, formar una familia, tener hijos y nietos, y hace unos meses mis primeras bisnietas.
No recuerdo si en el Rosh Hashaná de 1939 las sinagogas de Varsovia pudieron engalanarse con el blanco de la pureza ni si sonó el shofar, el cuerno, luego que salió la primera estrella de esa noche de año nuevo. Lo he olvidado, como he olvidado tantas cosas que me sucedieron en la vida.
Lo que me es imposible dejar de recordar, una y otra vez, que en ese año Varsovia estaba en ruinas después de los bombardeos y que una mañana, cuando salimos a la calle, vimos a los soldados de la Wehrmacht desfilando con paso marcial por la ciudad.
No quise que pasara este día sin dejar escrito este primer relato de mi vida, quizás porque la coincidencia de fechas, es en sí un símbolo. Y es que hace setenta años atrás, el mundo comenzó a vivir la peor de sus pesadillas, del mismo modo que yo comencé a padecer la mía.
Hace poco más de un año, en una noche de júbilo para mí, estaba presentando ese libro que ven ahí, al costado. Debo reconocer que me limité a contarlo y no lo escribí yo. Soy polaco y todavía hoy pronuncio mal el castellano, y escribo peor aún. Admito que era un niño bastante reacio a ir al colegio y apenas si aprendí a leer, escribir y a contar los números. Por eso, cuando quise dejar mi historia en las páginas de un libro busqué a alguien que la escribiera por mí. Alguien que me escuchara, me interpretara y pudiera sentir aunque sea un poquito de lo que pasé desde ese mes de septiembre de 1939 hasta que me encontraron los “liberadores” soviéticos, seis años después, en una zanja de trinchera de algún lugar del Este de Europa.
Ese mismo hombre que escribió mi historia ahora vuelve a prestarme su conocimiento, sus manos y sus palabras, para comenzar con esta historia contada acá, en este lugar que se llama Internet –y el que todavía no termino de comprender en qué consiste–, para que todos los que lean sepan que el Holocausto –la SHOÁH–, no es una mentira, ni una alucinación ni una fantasía inventada por unos fanáticos alucinados, sino que es la realidad de una gran cantidad de seres humanos que padecieron lo mismo que yo y que quedaron vivos para contarlo.
Cada vez somos menos los testigos directos de aquellos años de guerra, durante los cuales el horror se abatió sobre toda la humanidad como los Cuatro Jinetes de los que habla el libro cristiano de las Revelaciones. Aquellos años, créanme, fueron los del Apocalipsis.
Soy Motek Finster, vivo entre ustedes, en un barrio de esta ciudad de Buenos Aires y hoy, el día de Rosh Hashaná, del año 5770 del pueblo judío, empiezo a escribir el testimonio de mi vida, para que todos lo lean. Y espero que, al leerlo, puedan reflexionar para que nunca más la humanidad tenga que pasar por lo que pasé yo y tantos cientos de miles y millones que padecieron como yo, pero no pudieron sobrevivir para dar testimonio.
Hoy soy un hombre viejo –que aún conservo en mí el espíritu del joven que fui, quizás porque tengo que resarcirlo de tanto sufrimiento– que se reencontró con su presente y su futuro cuando llegó a esta tierra hospitalaria y generosa, después de haber sido un Untermenschen, un subhombre, un infrahumano. Uno de los tantos cientos de miles de prisioneros de los campos de concentración de los nazis.
Soy Motek Finster. Pero hace poco más de setenta años no fui más que una cosa, un objeto, un número. Ése que sigue ahí, tatuado en la piel de mi antebrazo: el prisionero 126.497 de los campos de exterminio.
Antes que termine el día de hoy, y cuando comienzo a escribir tantas cosas que olvidé citar en el libro, quiero desearles a todos, sin distinción de edad, raza o religión que tengan paz, alegría y prosperidad en este nuevo año.
Obra registrada y protegida ISBN 978-987-1070-79-4 Hecho el depósito de la Ley 11.723
Volver a ser una persona
Tapa del carnet y certificado de prisionero extendido por el Comité Judío de Traunstein, Alemania
Recuperar la identidad
Frente del documento extendido por las autoridades aliadas de ocupación
Recuperar la identidad
Dorso del documento extendido por las autoridades aliadas de ocupación
Después de la guerra
Así era yo después de la guerra, cuando estábamos preparados para salir de Europa
Arbeit macht frei
"El trabajo los hará libres", decía el cartel de entrada en Auschwitz
El Ghetto
Así se vivía en el Ghetto de Varsovia en 1941. Yo viví ahí con mi familia, hasta que decidí escapar
Treblinka
Toda mi familia fue deportada a Treblinka. De este campo no quedaron ni rastros ni registros, ni sobrevivientes. Nadie salio con vida. (foto de David Shankborne)
Majdanek
Este es el primer campo en el que estuve. En ese monumento se conservan las cenizas de los seres humanos que murieron exterminados
Auschwitz-Birkenau
Cuando salí de Majdanek rumbo a Auschwitz-Birkenau me alegré por salir con vida. No sabía que todavía me faltaba ver el verdadero rostro del horror
La marcha de la muerte
En el invierno de 1944-1945 yo fui uno de los cinco mil prisioneros que salimos de Auschwitz. Cuando los rusos nos liberaron, quedábamos setenta y cinco